viernes, 2 de enero de 2015

La Gran Apostasía


Los Mormones, Adventistas del Séptimo Día, Testigos de Jehová y varios otros grupos no católicos, declaran que después de la Ascensión de Jesús, la Iglesia Católica apostató por completo. El problema con esta teoría es que—si fuera verdad—la promesa de Jesús de que las fuerzas del mal no prevalecerían contra la Iglesia resultaría ser falsa, lo cual—si somos creyentes en Cristo—nos resulta imposible de aceptar (Mateo 16, 15-19). 

Otro problema que se nos presenta es que los Padres de la Iglesia temprana entienden la doctrina en forma verdaderamente uniforme. Si las enseñanzas de ellos son falsas ¿dónde están las enseñanzas de aquellos que permanecieron firmes en la fe de los apóstoles y disputaron las supuestamente falsas doctrinas? No existen tales obras o escritos. De hecho en el cristianismo primitivo hay un registro claro y uniforme a favor de todas las doctrinas que los anticatólicos disputan—bautismo de infantes, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, el culto en día domingo, importancia de María en la salvación, etc.—La Iglesia que Cristo fundó ha guardado y practicado estas doctrinas por más de mil años sin que nadie las pusiera en tela de juicio. Es inconcebible aceptar que los cristianos primitivos que recibieron tales doctrinas de boca de los mismísimos apóstoles, hayan socavado la fe por medio de desarrollar una doctrina distinta. La historia muestra que la fe de los primeros cristianos era absoluta e inquebrantable. Antes que comprometer la pureza de su adoración a Dios por medio de ofrecer un puñadito de incienso a los dioses romanos, prefirieron sufrir el martirio por su fe. Es difícil imaginarse una actitud más resueltamente fiel a la verdad que la que esos santos hombres y mujeres dieron muestra aun a costa de sus vidas.

Hechos 20, 29-30 — Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño y también que de entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí.

Muchos usan este versículo para justificar la "gran apostasía" de la Iglesia Católica temprana. Sin embargo este pasaje no predice para nada la apostasía de la Iglesia entera o de la comunidad cristiana en su totalidad. Se dice aquí que los "lobos" se introducirán "entre" los creyentes. Para que esta profecía sea válida tiene que haber creyentes fieles entre los cuales los "lobos" deben entrar. De hecho esta profecía se cumplió cuando dos clérigos católicos dejaron las enseñanzas de la Iglesia Católica para convertirse en los más grandes heresiarcas de la historia—Arrio y Lutero, cuyo origen los sitúa "entre" los fieles pues ambos eran clérigos antes de su apostasía—El resto de los cismáticos de la historia comparten cualidades similares: Marción, Calvino, Lefebvre, etc.

2 Pedro 2, 1-2 — Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y por causa de ellos, el camino de la verdad será difamado.

En forma similar al anterior pasaje citado, este no puede estar refiriéndose a una apostasía de toda la Iglesia, ya que los "falsos maestros" serán hallados "entre vosotros", es decir, entre la auténtica comunidad de los creyentes. De eso claramente se deduce que los maestros son falsos y no la comunidad de creyentes. Marción, Arrio y Lutero califican perfectamente para cumplir esta profecía, ya que los tres estaban definitivamente "entre los fieles" como miembros del clero católico antes de convertirse en cismáticos.

Mateo 28, 18-20 — Jesús se acercó a ellos y les habló así: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo." 

Jesús prometió estar con su Iglesia hasta el fin de los tiempos tal como estuvo con sus discípulos en la tierra al tiempo de su venida. La presencia de Cristo en la Iglesia no significa que ésta es hecha perfecta en todo sentido. Tal como Cristo no interfirió con el libre albedrío de los discípulos que caminaron con El en Palestina, tampoco interfiere con el libre albedrío de sus fieles hoy. Sin embargo la presencia de Cristo, caminando con su Iglesia en el camino de la historia, asegura a los fieles que la Iglesia cumplirá el cometido final para el cual Cristo mismo la creó.

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